Sin oficio ni beneficio, sin parientes ni habientes, vagaba por Madrid un servidor de ustedes, maldiciendo la hora menguada en que dejó su ciudad natal por esta inhospitalaria Corte, cuando acudió a las páginas del Diario para buscar ocupación honrosa.
Pelé las setas y las corté delante de ellos para después mezclarlas con los huevos batidos, quince en total. Cuando la tortilla estuvo tal y como les gustaba, poco hecha, serví una buena porción a cada uno pidiéndoles que no se la tragaran como tenían por costumbre, sino que la masticaran para apreciar mejor su sabor, en honor a los viejos tiempos.
Lo que aprendí de aquel diluvio bíblico que nos confinó durante días fue que las cosas de las manos se me daban fatal. Y también que, cuánto más gastado está un libro, más vivo parece.
Y faltos de palabras, fue ella quien se acercó. Apoyó la frente en su pecho y le hundió el rostro hermoso entre las solapas de la levita en busca de refugio, o de consuelo, o de la solidez que a ambos empezaba a escasearles y que sólo conjuntamente, apoyándose el uno en el otro, parecían ser capaces de apuntalar. Él le clavó la nariz y la boca en el pelo, absorbiéndola como el desahuciado que embebe su último aliento.
Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.
La barbacoa. Collage manual. Inma Díaz @unalunitagranate
No había olvidado nada, pero los recuerdos ya no me calaban. Habían comenzado a transformarse en viejas fotografías. Yo mismo me iba pareciendo cada vez más a una vieja fotografía de mí mismo.
Y entonces Ewan aguardó un momento y sus labios se unieron a los de ella, temblorosos como los suyos. Chris quería gritar y reír todo a la vez y que él la siguiera abrazando así para siempre, en el patio, y que sus labios temblorosos siguieran abriendo los suyos tan dulces e imponentes.
Era una receta del cocinero del rey, Montiño, el cual no sabiendo qué ofrecer al rey como novedad, se le ocurrió romper unos huevos, mezclándolos muy fuertemente y echándolos luego en una sartén con manteca. Salía entonces una especie de manta de damasco dorado, doblada, acaso algo tostadilla, y encima se le echaba miel o jamón o perdiz escabechada, cualquier cosa a gusto de que a fuera a comer.
Y yo sentí lo de otras veces: que entrar en un pueblo en medio de la oscuridad era como estrecharle la mano a una persona sin poder verle la cara. Una mala manera de empezar las cosas.
Los domingos había dos misas, una a las seis, como los demás días, y la otra, más solemne, a las ocho. Entre las dos, me llevaban a un comedor, en el que me servían dos huevos pasados po ragua, rebanadas de pan con mantequilla y café con leche.
En brazos ya del Tiempo, Socorro, mi madre, que nos dejó hace ya siete años, y Daika, una de las perras de mi vida, que se fue hace muy poquitos meses. Amores eternos.
A las seis de la tarde ya era de noche. Una noche cerril y triste, sin vuelta de hoja. Todas las oscuridades se parecen, pero ninguna como la de un pueblo remoto justo después del ocaso de diciembre.
Los cuadros de Kuba atacaban a todo el mundo con fuerza y pasión. Nada de "ropa sucia", según se llamaba en aquella época a los cuadros aburridos, sin ningún interés, pintados por artistas aburridos y sin ningún interés.